La Abuela en la Fuente

La Abuela en la Fuente

Mercedes había prometido comportarse.

Lo prometió tres veces.

La primera, cuando su hija Pilar fue a buscarla a casa.

—Mamá, hoy es la boda de tu nieta.

—Ya lo sé.

—No quiero problemas.

Mercedes levantó una ceja.

—¿Qué problemas causo yo?

Pilar la miró durante varios segundos.

—¿Quieres la lista completa?

—No tenemos tiempo.

La segunda promesa llegó dentro del coche.

Mercedes llevaba un elegante vestido azul.

Era bonito.

También era ligeramente más ajustado de lo que Pilar consideraba prudente.

—Mamá.

—¿Qué?

—Nada de bailar encima de las mesas.

Mercedes miró por la ventana.

—Aquello ocurrió una vez.

—Tres.

—La misma noche.

—Fueron tres mesas diferentes.

Mercedes suspiró.

—Qué memoria tienes para las cosas inútiles.

La tercera promesa llegó cuando entraron en la finca donde se celebraba la boda.

Mercedes vio el jardín.

Las flores.

Las mesas.

La música.

Y, especialmente, una enorme fuente de piedra en el centro del patio.

Pilar señaló la fuente.

—Mamá.

—¿Qué?

—Lejos.

—¿De la fuente?

—Sí.

Mercedes parecía ofendida.

—Tengo setenta y dos años.

—Precisamente.

—Sé caminar.

Pilar cerró los ojos.

—Promételo.

—Te prometo que no voy a caer en la fuente.

Dos horas después, Mercedes cayó en la fuente.

Pero, según ella, técnicamente no había roto su promesa.

—Yo no caí —explicaría después—. Las flores me atacaron.

Todo comenzó durante el baile.

La boda era de su nieta Clara.

Clara tenía treinta años y llevaba casi dos organizando cada detalle de aquel día.

Había elegido personalmente las flores.

La música.

Las servilletas.

Incluso había discutido durante cuarenta minutos sobre el tono exacto de las velas.

—Marfil —había dicho.

El organizador mostró una vela.

—Esto es marfil.

—Eso es crema.

Mercedes estaba presente aquel día.

—Es una vela —dijo.

Clara casi la expulsó de la reunión.

Por eso, durante la boda, todos sabían que Clara quería perfección.

Y durante casi cuatro horas la tuvo.

La ceremonia fue preciosa.

Nadie llegó tarde.

Ningún niño gritó.

El fotógrafo no tropezó.

El pastel permaneció entero.

Incluso Antonio, el marido de Mercedes, llevaba la corbata correctamente.

—¿Ves? —dijo Pilar—. Todo perfecto.

Mercedes bebió un pequeño sorbo de vino.

—Aburrido.

—Mamá.

—He dicho bonito.

—Has dicho aburrido.

—Tienes problemas de oído.

Entonces comenzó la música.

Mercedes dejó su copa.

—Voy a bailar.

Pilar agarró su brazo.

—Despacio.

—Suéltame.

—Mamá.

—Pilar, llevo bailando desde antes de que tú nacieras.

Antonio intervino.

—Eso es verdad.

Pilar lo miró.

—Papá, no la animes.

Antonio sonrió.

—Yo solo observo.

Mercedes entró en la pista.

Al principio bailó tranquilamente.

Un paso.

Otro.

Movía los hombros.

Sonreía.

Clara la vio y aplaudió.

—¡Vamos, abuela!

Ese fue el error.

Mercedes interpretó aquellas palabras como una autorización oficial.

Levantó los brazos.

Giró.

Aplaudió.

Una mujer de otra mesa comenzó a bailar con ella.

Después llegó un primo.

Después una tía.

En menos de un minuto, Mercedes estaba en el centro de un círculo.

—¡Mercedes!

—¡Vamos!

—¡Otra vuelta!

Pilar observaba desde lejos.

—No me gusta esto.

Antonio bebió.

—Está bailando.

—Conozco esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de cuando cree que tiene treinta años.

Antonio miró a su esposa.

Mercedes estaba girando.

—Sí.

—Ve a buscarla.

—¿Yo?

—Es tu mujer.

Antonio negó con la cabeza.

—Precisamente por eso sé que es peligroso interrumpirla.

Mercedes dio otra vuelta.

Su zapato pisó un pétalo de rosa.

No ocurrió nada.

Pisó otro.

Tampoco.

Entonces dio un paso hacia atrás.

Había varios pétalos húmedos junto a la fuente.

Su pie derecho resbaló.

Mercedes abrió los ojos.

—Ay.

Su pie izquierdo intentó salvar la situación.

No la salvó.

Mercedes levantó ambos brazos.

Una invitada gritó.

—¡Cuidado!

Pilar cerró los ojos.

Antonio abrió la boca.

Mercedes cayó de espaldas.

Directamente dentro de la fuente.

El impacto levantó una enorme cantidad de agua.

Dos invitados quedaron empapados.

Un camarero recibió agua en la cara.

La bandeja salió de sus manos.

Seis copas cayeron al suelo.

La música se detuvo.

Silencio.

Clara miró la fuente.

—Abuela.

Pilar seguía con los ojos cerrados.

—Dime que no ha pasado.

Antonio respondió:

—Ha pasado.

—¿Está bien?

Antonio se acercó.

—Mercedes.

Nada.

—Mercedes.

Una mano apareció sobre el borde de piedra.

Después la otra.

Mercedes se levantó lentamente.

Su cabello estaba pegado a la cara.

El vestido azul parecía pesar diez kilos.

Una pequeña hoja estaba atrapada sobre su cabeza.

Todos permanecían en silencio.

Mercedes miró a la derecha.

Después a la izquierda.

Pilar corrió.

—¡Mamá! ¿Estás bien?

Mercedes no respondió.

Levantó lentamente una mano.

Todos miraron.

Todavía sostenía su copa.

El vino seguía dentro.

No todo.

Pero una cantidad sorprendentemente respetable.

Mercedes levantó la copa.

—¡Todavía tengo el vino!

Durante un segundo nadie reaccionó.

Después Antonio comenzó a reír.

Clara también.

Y todo el jardín explotó.

Aplausos.

Gritos.

Carcajadas.

Mercedes bebió.

Pilar la miró.

—Sal de ahí.

—Espera.

—Mamá.

—El agua está buena.

—¡Sal!

Antonio se acercó a la fuente.

No podía dejar de reír.

—Mercedes.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Pareces una sirena.

Mercedes entrecerró los ojos.

—Antonio.

—Una sirena mayor.

Los invitados volvieron a reír.

Mercedes señaló a su marido.

—Ten cuidado.

Antonio se sujetó el estómago.

—No puedo.

—Antonio.

—El pelo…

—¿Qué pasa con mi pelo?

—Nada.

Antonio intentó ponerse serio.

No pudo.

—Estás preciosa.

Mercedes lo miró.

—Mentiroso.

—Una sirena preciosa.

Antonio dio un paso atrás.

Su zapato pisó un pétalo.

Pilar lo vio.

—Papá.

Antonio dejó de reír.

Miró hacia abajo.

—No.

El pie resbaló.

—¡No, no, no!

Movió los brazos.

Intentó agarrar una silla.

La silla cayó.

Antonio giró.

Durante un segundo pareció recuperar el equilibrio.

Mercedes sonrió.

—Cobarde.

Entonces Antonio cayó.

De cabeza.

Dentro de la fuente.

El agua explotó.

Mercedes recibió todo el impacto.

Su copa finalmente salió volando.

—¡Mi vino!

Antonio apareció entre el agua.

Tosió.

Se limpió los ojos.

Mercedes lo miró.

No sonreía.

Antonio dejó de reír.

—Cariño.

Silencio.

—Mercedes.

Ella habló lentamente.

—Antonio.

—Sí.

—Tú no estabas invitado.

Antonio parpadeó.

—¿Qué?

Clara abrió la boca.

—¡Abuela!

Antonio miró a su esposa.

—¿Cómo que no estaba invitado?

Mercedes mantuvo la expresión seria.

—Lo que has oído.

—Llevamos cincuenta años casados.

—Cincuenta y dos.

—¡Peor todavía!

—Me estropeaste la fuente.

Antonio señaló el vestido de Mercedes.

—¡Tú estabas dentro primero!

—Yo estaba nadando.

—¡Te caíste!

Mercedes abrió la boca.

—Retira eso.

—Te caíste.

—Antonio.

—Te vi.

—Retíralo.

—Caíste como una piedra.

Los invitados comenzaron a reír otra vez.

Mercedes tomó agua con ambas manos.

Antonio la vio.

—No te atrevas.

Mercedes lanzó el agua.

Directamente a su cara.

Antonio quedó inmóvil.

—Bien.

Tomó agua.

—Antonio —dijo Pilar.

Demasiado tarde.

El agua voló.

Mercedes se agachó.

El chorro golpeó a Clara.

La novia.

Silencio.

Clara estaba completamente mojada.

Mercedes miró a Antonio.

Antonio miró a Mercedes.

Los dos señalaron al otro.

—Él.

—Ella.

Clara cerró los ojos.

Su marido, Miguel, se acercó.

—Cariño.

Clara abrió los ojos.

Miró a sus abuelos dentro de la fuente.

Después miró su vestido mojado.

Todos esperaban.

Clara comenzó a reír.

—Dos años.

Miguel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Dos años organizando esta boda.

Mercedes intentó salir de la fuente.

—Clara…

—Abuela.

Mercedes se detuvo.

—Sí.

Clara se quitó los zapatos.

Pilar comprendió primero.

—Clara, no.

La novia corrió.

Saltó dentro de la fuente.

El agua cubrió a Mercedes y Antonio.

Los invitados gritaron.

Miguel miró a su esposa.

—¿En serio?

Clara le lanzó agua.

—¡Ven!

Miguel negó.

—Este traje costó muchísimo.

Antonio sonrió.

—Cobarde.

Miguel miró al anciano.

—No me provoque.

—Cobarde.

Miguel dejó la chaqueta.

Saltó.

Cinco minutos después, había nueve personas dentro de la fuente.

Pilar permanecía fuera.

Con los brazos cruzados.

Mercedes la llamó.

—¡Pilar!

—No.

—¡Ven!

—No.

—¡Solo una vez!

—Mamá, tengo cincuenta años.

Mercedes sonrió.

—Precisamente. Ya es hora de divertirte.

Pilar negó.

Entonces Antonio lanzó agua.

Pilar quedó empapada.

Miró a su padre.

—Papá.

Antonio señaló a Mercedes.

—Ella.

—¡Antonio!

Pilar entró en la fuente.

No para bailar.

Según ella.

Solo quería hablar con sus padres.

Pero diez segundos después estaba lanzando agua a su hija.

El fotógrafo no dejó de trabajar.

Las fotografías de la fuente terminaron siendo las favoritas de Clara.

No las fotos perfectas junto al arco de flores.

No el retrato cuidadosamente preparado.

La fotografía favorita mostraba a Mercedes completamente mojada.

Antonio detrás de ella.

Clara riendo.

Miguel intentando protegerse.

Y Pilar lanzando agua.

Meses después, Clara visitó a sus abuelos.

Llevaba un álbum.

—Tengo las fotos.

Mercedes se sentó.

—Enséñame.

Pasaron las páginas.

Antonio señaló una imagen.

—Mira.

Mercedes aparecía cayendo.

Su cuerpo estaba casi horizontal.

Los brazos abiertos.

La expresión de absoluto terror.

Mercedes cerró el álbum.

—Esa foto se destruye.

Antonio tomó el álbum.

—Esta foto se amplía.

—Antonio.

—Dos metros.

—Te divorcio.

Antonio sonrió.

—¿Hoy?

Mercedes lo miró.

—Mañana.

Los dos comenzaron a reír.

Clara los observó.

Cincuenta y dos años juntos.

Miles de discusiones.

Miles de bromas.

Mercedes todavía amenazaba con divorciarse al menos dos veces por semana.

Antonio seguía riéndose de sus bailes.

Y ninguno sabía estar demasiado tiempo lejos del otro.

Un año después, Clara regresó a la misma finca.

Era el aniversario de la boda.

Mercedes vio la fuente.

Pilar apareció detrás.

—Mamá.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra.

Mercedes levantó las manos.

—No voy a hacer nada.

Antonio apareció con dos copas.

Mercedes tomó una.

Miró la fuente.

Después miró a su marido.

—Antonio.

—No.

—No he dicho nada.

—Conozco esa cara.

Mercedes sonrió.

—¿Bailamos?

Antonio miró los pétalos del suelo.

—Lejos de la fuente.

—Cobarde.

—Sirena.

Mercedes le dio un pequeño golpe.

La música comenzó.

Bailaron.

Despacio esta vez.

Bueno.

Durante los primeros treinta segundos.

Porque Mercedes nunca había sido especialmente buena cumpliendo promesas.

Y todo el mundo lo sabía.

Aquella boda debía ser perfecta.

Cada flor estaba colocada en su lugar.

Cada mesa tenía un número.

Cada minuto estaba organizado.

Pero nadie recordó durante años el color exacto de las velas.

Nadie habló del orden de las canciones.

Todos recordaron a una mujer de setenta y dos años resbalando sobre pétalos.

Un enorme chapuzón.

Una copa levantándose lentamente sobre el agua.

Y una voz gritando:

—¡Todavía tengo el vino!

Después cayó Antonio.

Después cayó la novia.

Y, al final, media familia terminó dentro de la fuente.

Porque a veces el mejor momento de una boda…

es exactamente el que nadie había planeado.