Cuando Mario cumplió seis años, pidió una sola cosa.
No quería una bicicleta.
No quería una consola.
Ni un perro.
Solo quería cenar con su padre.
Su madre, Laura, lo sabía.
Por eso preparó todo con ilusión.
Colgó globos de colores en el salón.
Compró el pastel favorito de Mario, de chocolate con fresas.
Preparó lasaña, porque era el plato que siempre hacía feliz a la familia.
Y puso tres platos sobre la mesa.
Uno para ella.
Uno para Mario.
Y uno para Javier.
Mario insistió en escribir una pequeña tarjeta y pegarla en la silla.
Con letras torcidas escribió:
«Papá.»
—Así sabrá dónde sentarse —dijo sonriendo.
Laura miró el reloj.
Las siete.
Javier había prometido llegar antes de las siete y media.
A las siete y veinte llamó.
—Cariño, se ha alargado una reunión.
—Mario está esperándote.
—Solo serán veinte minutos.
—No tardes.
—Lo prometo.
Mario escuchó la conversación.
—¿Papá viene?
Laura sonrió.
—Sí.
Veinte minutos.
Mario asintió.
—Entonces espero.
Las velas ya estaban encendidas.
El niño miraba constantemente la puerta.
Cada ruido del ascensor le hacía levantarse.
Pero nunca era Javier.
A las ocho menos cuarto volvió a sonar el teléfono.
—Laura, lo siento.
—Javier…
—Ha surgido otra reunión con un cliente.
—Es el cumpleaños de tu hijo.
—Lo sé.
—Te está esperando con las velas encendidas.
Hubo silencio.
—Intentaré salir cuanto antes.
Laura colgó sin responder.
No quería llorar delante de Mario.
El niño seguía sonriendo.
—¿Ya viene?
Laura tragó saliva.
—Sí…
Pero dentro de ella empezaba a dudar.
Los minutos pasaban.
La cera caía lentamente sobre el pastel.
Mario seguía sin soplar.
—¿No hacemos el cumpleaños? —preguntó Laura.
Él negó con la cabeza.
—Con papá.
A las ocho y media, Laura volvió a llamar.
Javier rechazó la llamada.
Estaba sentado en una gran sala de reuniones.
Gráficos.
Ordenadores.
Presentaciones.
Su teléfono vibró otra vez.
Lo puso boca abajo.
Uno de sus compañeros sonrió.
—Todo bien en casa.
Javier respondió automáticamente:
—Sí.
Pero no era verdad.
Laura dejó un mensaje de voz.
No dijo nada complicado.
Solo acercó el teléfono a Mario.
El niño habló muy bajito.
—Papá…
Hizo una pausa.
—No apagues la vela…
—Todavía te espero.
Laura terminó la grabación.
En casa ya nadie hablaba.
Mario cortó un pequeño trozo de pastel.
Lo puso en el plato vacío.
—Es para papá.
Después envolvió un pequeño paquete azul.
Dentro había un llavero que había comprado con sus ahorros en el mercadillo del barrio.
Era un coche de madera.
Porque Javier siempre decía que le gustaban los coches antiguos.
Mario también escribió una tarjeta.
Muy despacio.
Tardó casi quince minutos.
Solo puso una frase.
«Mi deseo era cenar contigo.»
A las nueve y diez terminó la reunión.
Todos comenzaron a levantarse.
Javier respiró aliviado.
Cogió el teléfono.
Vio doce llamadas perdidas.
Y el mensaje de voz.
Lo reprodujo.
La voz de Mario llenó el pasillo.
—Papá…
No apagues la vela…
Todavía te espero.
Javier sintió un golpe en el pecho.
Miró la hora.
Salió corriendo.
Ni siquiera volvió por la chaqueta.
Bajó las escaleras.
Subió al coche.
Condujo más rápido que nunca.
Durante el camino no dejaba de pensar en una frase.
“Todavía te espero.”
Cuando llegó al edificio, subió corriendo.
Abrió la puerta.
Todo estaba en silencio.
Los globos seguían colgados.
La mesa continuaba puesta.
El pastel seguía allí.
Las velas estaban apagadas.
Solo quedaba un fino hilo de humo.
Laura salió de la cocina.
No dijo nada.
Solo señaló el sofá.
Mario dormía abrazado a un regalo azul.
Todavía llevaba el gorro de cumpleaños.
Javier cayó de rodillas.
Se acercó despacio.
Vio el paquete.
Y la tarjeta.
La abrió.
Las letras infantiles estaban torcidas.
Pero podía leerse perfectamente.
«Mi deseo era cenar contigo.»
Las manos comenzaron a temblarle.
Por primera vez en muchos años, comprendió cuánto podía doler una frase escrita por un niño.
Una lágrima cayó sobre la tarjeta.
En ese momento, Mario abrió lentamente los ojos.
Miró a su padre.
Tardó unos segundos en comprender que realmente estaba allí.
Sonrió.
Muy despacio.
—¿Has llegado, papá?
Javier no pudo responder.
Solo lo abrazó.
Durante mucho tiempo.
—Perdóname.
Mario levantó el pequeño paquete.
—Es para ti.
Javier lo abrió.
Dentro estaba el llavero de madera.
—Lo compré yo.
—Es precioso.
—¿Te gusta?
Javier asintió con lágrimas en los ojos.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
Mario miró el pastel.
—¿Ahora sí soplamos las velas?
Laura encendió dos velas nuevas.
No eran las seis originales.
Pero a nadie le importó.
Los tres se acercaron.
Mario cerró los ojos para pedir un deseo.
Javier sonrió.
—¿Qué has pedido?
Mario respondió:
—No se puede decir.
Javier insistió.
—Solo una pista.
El niño lo miró.
—Que el año que viene no tengas que llegar tarde.
Aquella frase acompañó a Javier durante semanas.
Al principio intentó convencerse de que era imposible cambiar.
Que el trabajo era así.
Que la empresa dependía de él.
Pero cada mañana veía el pequeño llavero de madera colgado de sus llaves.
Y recordaba el pastel.
La silla vacía.
La tarjeta.
Y un niño esperando sin apagar las velas.
Tres meses después rechazó un ascenso.
Todos en la oficina pensaron que estaba loco.
El director le preguntó:
—¿Por qué?
Javier sonrió.
—Porque ya perdí demasiadas cenas.
Y no quiero perder más cumpleaños.
Los años pasaron.
Mario creció.
Hubo exámenes.
Partidos de fútbol.
Festivales escolares.
Graduaciones.
Y Javier estuvo en todos.
No porque nunca volviera a trabajar tarde.
Sino porque aprendió algo que ningún contrato podía enseñarle.
El trabajo siempre encontraba otra reunión.
Otro cliente.
Otro informe.
Pero un niño solo cumplía seis años…
una sola vez.