El Último Baile

El Último Baile

La música se detuvo de golpe.

No bajó lentamente.

No terminó la canción.

Simplemente desapareció.

Ciento veinte invitados se giraron hacia la pequeña mesa donde estaba el equipo de música.

Mercedes tenía una mano sobre el control.

—Abuela —dijo la novia—. ¿Qué haces?

Mercedes no respondió.

Tenía setenta y cuatro años.

Llevaba un vestido color vino y unos pequeños pendientes que su marido le había regalado muchos años antes.

Su cabello blanco estaba cuidadosamente arreglado.

Pero sus manos temblaban.

Mercedes miró al otro lado del salón.

Antonio estaba sentado solo.

Tenía setenta y nueve años.

Una mano descansaba sobre su bastón.

La otra sostenía una copa de agua.

Antonio vio a su esposa.

—Mercedes.

Ella comenzó a caminar hacia él.

Los invitados permanecieron en silencio.

—Mamá —susurró su hija Elena.

Mercedes continuó.

Llegó hasta Antonio.

Le agarró la muñeca.

—Levántate.

Antonio parpadeó.

—¿Qué?

—Levántate.

—Mercedes…

Ella tiró de él.

Antonio casi perdió el equilibrio.

La silla se arrastró sobre el suelo.

—¡Mercedes!

Algunos invitados se levantaron.

Mercedes sujetó a su marido.

—Estoy bien —dijo Antonio.

Después miró a su esposa.

—¿Qué haces?

Mercedes señaló la pista.

—Baila conmigo.

Antonio miró alrededor.

Todos observaban.

—Ahora no.

—Ahora.

—Es la boda de nuestra nieta.

—Precisamente.

—Todos miran.

Mercedes se acercó.

—Que miren.

Antonio conocía aquella expresión.

La había visto muchas veces.

La primera vez fue en 1968.

Mercedes tenía dieciséis años.

Antonio diecinueve.

Se conocieron durante las fiestas de un pequeño pueblo de Castilla.

Antonio estaba apoyado contra una pared.

Intentaba parecer interesante.

Mercedes bailaba con sus amigas.

Ella se acercó.

—Baila conmigo.

Antonio miró detrás.

—¿Yo?

—No. La pared.

Las amigas de Mercedes rieron.

Antonio se puso rojo.

—No sé bailar.

Mercedes le tendió la mano.

—Yo tampoco.

Era mentira.

Mercedes bailaba perfectamente.

Antonio tardó varios años en descubrir que aquella joven simplemente había querido hablar con él.

Aquella noche bailaron cuatro canciones.

Antonio pisó sus zapatos seis veces.

—Perdón.

—Otra vez y te vas.

Antonio volvió a pisarla.

Mercedes no lo echó.

Dos años después se casaron.

El día de su boda, Antonio estaba tan nervioso que olvidó el anillo.

Su hermano tuvo que correr hasta casa.

Mercedes permaneció frente al altar durante veinte minutos.

—Todavía puedes escapar —le dijo su madre.

Mercedes miró a Antonio.

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Parece muy nervioso.

Mercedes sonrió.

—Por eso me gusta.

Cuando finalmente llegó el anillo, estaba arañado.

El hermano de Antonio lo había dejado caer en la calle.

Mercedes se lo puso igualmente.

Durante cincuenta y cuatro años, aquel pequeño círculo de metal permaneció en su mano.

Hasta hacía tres meses.

Ahora Mercedes estaba en la boda de su nieta.

Y volvía a pedirle a Antonio lo mismo.

—Baila conmigo.

Antonio negó lentamente.

—Mis rodillas.

—Tus rodillas llevan veinte años quejándose.

Algunos invitados rieron.

Antonio sonrió.

—Eso es verdad.

Mercedes abrió la mano.

El viejo anillo estaba allí.

Antonio dejó de sonreír.

—Pensé que lo habías perdido.

—No.

—Llevas meses sin usarlo.

Mercedes miró el anillo.

—Me queda grande.

Antonio sabía por qué.

Mercedes había perdido peso.

Mucho.

Al principio pensaron que era la edad.

Después comenzaron los pequeños olvidos.

Las llaves dentro del frigorífico.

Una olla vacía sobre el fuego.

El nombre de una vecina.

Una calle que Mercedes había recorrido durante treinta años.

—Todos olvidamos cosas —decía ella.

Antonio quería creerlo.

Hasta aquella mañana de enero.

Mercedes salió a comprar pan.

La panadería estaba a cuatro minutos de casa.

Tres horas después, Antonio recibió una llamada.

—¿Es usted Antonio Ruiz?

—Sí.

—Estamos con una señora que dice ser su esposa.

Antonio sintió frío.

—¿Dónde?

Mercedes estaba a diecisiete kilómetros de casa.

Sentada en una parada de autobús.

Llorando.

Cuando Antonio llegó, ella corrió hacia él.

—No encontraba nuestra casa.

Antonio la abrazó.

—No pasa nada.

—Antonio.

—Estoy aquí.

—He vivido allí cincuenta años.

Él no respondió.

Fueron al médico.

Después a otro.

Pruebas.

Preguntas.

Dibujos.

Palabras que Mercedes debía recordar.

Antonio permanecía junto a ella.

Hasta que un médico pidió hablar con él a solas.

Mercedes ya sabía lo que significaba.

—No —dijo—. Quiero escucharlo.

El médico habló despacio.

La enfermedad avanzaba.

Era difícil decir cuánto tiempo conservaría ciertos recuerdos.

Meses.

Quizá más.

Quizá menos.

—¿Voy a olvidar a mis hijos? —preguntó Mercedes.

El médico guardó silencio.

—Es posible.

—¿Y a mi marido?

Antonio tomó su mano.

El médico respiró.

—También es posible.

Mercedes no lloró allí.

Esperó hasta llegar al coche.

Antonio cerró la puerta.

Mercedes miró al frente.

—Cincuenta y cuatro años.

—Mercedes.

—He aguantado tus ronquidos cincuenta y cuatro años.

Antonio intentó sonreír.

—Cincuenta y tres. El primer año no roncaba.

Mercedes comenzó a llorar.

—No quiero olvidarte.

Antonio la abrazó.

—No lo harás.

—No mientas.

Antonio cerró los ojos.

—No sé qué decir.

—Entonces no digas nada.

Permanecieron abrazados dentro del coche.

La boda de su nieta Clara debía celebrarse tres meses después.

Mercedes insistió en ir.

Elena, su hija, tenía miedo.

—Mamá, habrá mucha gente.

—Conozco a mi familia.

—Precisamente.

Mercedes sonrió.

Pero la mañana de la boda ocurrió algo.

Miró a Antonio mientras él se ajustaba la corbata.

—¿Dónde vamos?

Antonio se quedó inmóvil.

—A la boda de Clara.

Mercedes frunció el ceño.

—¿Quién es Clara?

Antonio sintió que algo se rompía dentro de él.

No lo mostró.

Tomó una fotografía.

—Nuestra nieta.

Mercedes observó la imagen.

—Claro.

Sonrió.

—Clara.

Cinco minutos después volvió a preguntar dónde iban.

Antonio respondió otra vez.

Durante la ceremonia, Mercedes reconoció a Clara.

Lloró cuando la vio entrar.

Aplaudió.

Rió.

Comió.

Parecía ella misma.

Hasta que comenzó el primer baile.

Clara y su marido giraban lentamente.

Mercedes miró a Antonio.

—Nosotros bailábamos.

—Sí.

—Mucho.

Antonio sonrió.

—Tú bailabas. Yo sobrevivía.

Mercedes rió.

Entonces miró su mano.

No llevaba el anillo.

Lo había guardado en el bolso porque se le caía.

Lo sacó.

Observó las pequeñas marcas del metal.

Y algo dentro de ella pareció despertarse.

Se levantó.

Detuvo la música.

Ahora estaban en medio de la pista.

Mercedes puso el anillo en la palma de Antonio.

—Que miren —dijo—. Hemos perdido demasiado tiempo.

Antonio cerró los dedos alrededor del anillo.

—No hemos perdido tiempo.

—Sí.

—¿Cuándo?

Mercedes miró hacia las mesas.

—Trabajando.

Antonio guardó silencio.

—Discutiendo.

—Tú empezabas.

—Antonio.

—Perdón.

Mercedes sonrió.

—Esperando.

—¿Esperando qué?

—Mañana.

Antonio bajó la mirada.

Mercedes tenía razón.

Durante años habían dicho mañana.

Mañana iremos al mar.

Mañana visitaremos aquel pueblo.

Mañana sacaremos las fotografías antiguas.

Mañana bailaremos.

Siempre parecía existir otro día.

Hasta que un médico les explicó que quizá algunos mañanas llegarían sin recuerdos.

Antonio colocó una mano en la cintura de Mercedes.

—No hay música.

Mercedes miró al músico.

—¡Toca!

El joven reaccionó.

Comenzó una melodía lenta.

Piano.

Antonio y Mercedes se movieron.

Despacio.

Muy despacio.

Antonio tenía dolor en las rodillas.

Mercedes estaba cansada.

Pero bailaban.

Clara comenzó a llorar.

Elena también.

—Míralos —susurró alguien.

Mercedes apoyó la cabeza contra el pecho de su marido.

—¿Recuerdas nuestro primer baile?

Antonio sonrió.

—Me pisaste seis veces.

Mercedes levantó la cabeza.

—Tú me pisaste a mí.

—No recuerdo eso.

Ella se quedó quieta.

Antonio comprendió inmediatamente lo que había dicho.

—Mercedes…

Ella sonrió.

—Tranquilo. Era una broma.

Antonio respiró.

Continuaron.

—Mañana bailamos otra vez —dijo él.

Mercedes dejó de sonreír.

—Antonio.

—¿Sí?

—No me prometas mañana.

—¿Por qué?

Los ojos de Mercedes se llenaron de lágrimas.

—El médico dijo que mañana quizá ya no recuerde tu nombre.

Antonio miró a su esposa.

Había escuchado esas palabras antes.

Pero nunca así.

Nunca mientras ella lo abrazaba.

Nunca delante de toda su familia.

Mercedes tocó su cara.

—Así que hoy… baila conmigo.

Antonio la abrazó.

Más fuerte.

—Voy a bailar contigo todos los días.

Mercedes negó.

—No.

—Sí.

—Te duelen las rodillas.

Antonio comenzó a llorar y reír al mismo tiempo.

—Entonces bailaremos sentados.

Mercedes apoyó la frente contra la suya.

La música continuaba.

Y entonces ocurrió.

La mirada de Mercedes cambió.

Antonio lo vio.

Había aprendido a reconocer esos momentos.

Era como si una pequeña niebla apareciera detrás de sus ojos.

Mercedes retrocedió.

Miró la mano de Antonio sobre su cintura.

Después miró su rostro.

—Perdone.

Antonio dejó de respirar.

—Mercedes.

Ella retiró lentamente la mano.

—¿Nos conocemos?

Antonio no respondió.

El anillo cayó.

Metal contra suelo.

El sonido fue pequeño.

Pero todos lo escucharon.

Elena dio un paso.

Antonio levantó una mano.

No.

Él se agachó.

Recogió el anillo.

Mercedes parecía asustada.

—Perdone —repitió—. No quería ser maleducada.

Antonio se levantó.

Sus piernas temblaban.

—Me llamo Antonio.

Mercedes lo miró.

—Antonio.

—Sí.

—Es un nombre bonito.

Antonio sonrió entre lágrimas.

—Gracias.

Mercedes miró a los invitados.

—¿Es una boda?

—Sí.

—Me gustan las bodas.

Antonio extendió la mano.

—¿Le gusta bailar?

Mercedes miró su mano.

—No sé.

Antonio tragó saliva.

—Podemos aprender.

Mercedes sonrió.

Tomó su mano.

—Pero no me pise.

Antonio cerró los ojos.

La misma frase.

Después de cincuenta y cuatro años.

La misma frase que Mercedes había dicho cuando tenía dieciséis.

Antonio comenzó a llorar.

—Lo intentaré.

Volvieron a bailar.

Clara lloraba abiertamente.

Elena abrazó a su hija.

Nadie interrumpió.

Mercedes no recordaba quién era Antonio.

No en aquel momento.

Quizá no recordaba la boda.

Ni la casa.

Ni las discusiones.

Pero permaneció entre sus brazos.

Y bailó.

A la mañana siguiente, Mercedes despertó.

Antonio estaba sentado junto a la cama.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

Mercedes lo miró.

Antonio esperó.

Cada mañana se había convertido en una pregunta silenciosa.

Ella sonrió.

—Has vuelto a roncar.

Antonio comenzó a reír.

Después lloró.

Mercedes frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

La abrazó.

—Antonio, me aplastas.

—Perdón.

—¿Qué hicimos ayer?

Antonio miró el viejo anillo sobre la mesa.

—Bailamos.

Mercedes sonrió.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Y no te pisé?

Antonio tomó su mano.

—Seis veces.

Mercedes rió.

No recordaba la boda.

Pero durante algunos minutos recordó a Antonio.

Los meses siguientes fueron difíciles.

Hubo días buenos.

Días malos.

Días en los que Mercedes preguntaba por su madre, fallecida hacía cuarenta años.

Días en los que confundía a Elena con una vecina.

Y días en los que miraba a Antonio y decía:

—Viejo, hazme café.

Antonio adoraba esos días.

Pero cumplió su promesa.

Cada tarde ponía música.

A veces Mercedes bailaba.

A veces no.

Cuando no podía levantarse, Antonio acercaba dos sillas.

—¿Qué haces?

—Bailar.

—Estamos sentados.

—He modernizado la técnica.

Mercedes reía.

Movían las manos.

Los hombros.

A veces solo se miraban.

Un día Mercedes preguntó:

—¿Por qué haces esto?

Antonio respondió:

—Porque una mujer me dijo que habíamos perdido demasiado tiempo.

—¿Qué mujer?

Antonio sonrió.

—Una loca.

Mercedes asintió.

—Parece lista.

—Mucho.

Años antes, Antonio creía que amar a alguien significaba construir una vida.

Comprar una casa.

Criar hijos.

Trabajar.

Pagar facturas.

Estar allí.

Ahora comprendía otra cosa.

Estar allí no siempre significaba estar presente.

Habían compartido miles de desayunos sin mirarse.

Cientos de tardes pensando en problemas del día siguiente.

Habían aplazado viajes.

Abrazos.

Bailes.

Porque creían tener tiempo.

La enfermedad de Mercedes no convirtió cada día en algo bonito.

Eso habría sido mentira.

Había dolor.

Cansancio.

Miedo.

Pero les enseñó algo.

El tiempo no avisa.

No golpea la puerta para decir que está a punto de terminar una etapa.

Simplemente pasa.

Un segundo.

Otro.

Otro.

Como los pasos de un baile.

Clara guardó el vídeo de la boda.

Años después todavía lo veía.

Su abuela detenía la música.

Agarraba a Antonio.

Lo obligaba a levantarse.

Después bailaban.

Y Mercedes decía:

—El médico dijo que mañana quizá ya no recuerde tu nombre.

Clara siempre lloraba en la misma parte.

Pero continuaba viendo.

Porque después Mercedes decía:

—Así que hoy… baila conmigo.

Eso era lo importante.

No el miedo a mañana.

Sino aquel baile.

Aquel día.

Aquel abrazo.

Antonio aprendió a presentarse muchas veces.

—Hola. Soy Antonio.

A veces Mercedes respondía:

—Ya sé quién eres, pesado.

Otras veces preguntaba:

—¿Nos conocemos?

Antonio siempre extendía la mano.

—Todavía no. Pero podemos empezar.

Y si sonaba música, añadía:

—¿Baila conmigo?

Porque había comprendido algo demasiado tarde.

La vida no siempre permite guardar los momentos para mañana.

Algunas palabras deben decirse hoy.

Algunos abrazos deben darse hoy.

Y algunos bailes…

deben bailarse mientras todavía suena la música.